«¿Cómo es esto de ir al psicólogo?» «Yo es que no he ido nunca… ¿me explicas cómo va?» «Yo no he ido nunca al psicólogo… ya me dirás si esto es de psicólogo o no» «Es que no sé muy bien cómo empezar… no sé qué tengo que contar aquí o qué se hace aquí…». Estas, entre otras muchas, son frases que escucho habitualmente desde esa primera llamada.
Esa primera llamada en la que estamos nerviosos, sin saber a quién me voy a encontrar al otro lado del teléfono, que le voy a decir o cómo se lo voy a decir, en la que no quiero que se me escapen las lágrimas pero me rompo, o no, en la que me siento raro o vulnerable o fuerte y valiente o asustado… o todo a la vez, todo vale. Esa llamada en la que sin saberlo ya ha empezado la terapia, ya nos hemos movilizado para el cambio, ya hemos decidido que las cosas van a ser diferentes. Qué fuerza tiene esa primera llamada.
Y a veces, llamamos a un psicólogo cuando hemos tocado fondo, cuando sentimos que no podemos con la vida y es el último recurso, cuando gritamos «ayuda». Pero otras muchas veces, nos preguntamos si será necesario acudir a terapia, si será demasiado grave lo que me pasa, si quizás es mejor que lo intente manejar yo solo. En mi opinión, si ya te has planteado ir al psicólogo, es que seguramente necesites ir.
Entonces, «¿cuando es necesario acudir al psicólogo?». No es necesario estar fatal para venir a terapia, es más, mejor no esperar a estar fatal; no es necesario tener grandes traumas para acudir al psicólogo; no es necesario estar llorando por las esquinas para acudir al psicólogo; no es necesario que mi vida no me guste para ir al psicólogo; no es necesario llegar a la sensación de no poder más para acudir al psicólogo.
Por supuesto es necesario realizar psicoterapia cuando estás fatal, te sientes muy triste, tienes algún trauma del pasado no resuelto, te ha ocurrido un acontecimiento complicado que no sabes manejar o sientes que no puedes con la vida; pero también puedes ir si «te pasan cosas dentro de ti» que no sabes o sientes que no puedes manejar; si te inunda una emoción o un pensamiento desagradable y no sabes salir de ello hablándolo con la familia o amigos; cuando lo que te ocurre hace que se vea afectada tu vida social, familiar o laboral; o cuando simplemente necesitas encontrar en ti respuestas sobre quién eres, cómo sientes y cómo caminas por este mundo.
En este tiempo trabajando como psicóloga, me he encontrado muchos pacientes reacios a la terapia, «no creo en estas cosas», me han dicho algunos. Y tras comenzar a trabajar juntos me han confesado malas experiencias con otros psicólogos. Por eso, a las personas que visitan mi centro siempre les digo que es muy importante ese primer contacto con su terapeuta. Cada psicólogo sigue una orientación, tiene una forma de trabajar y como todos, una forma de ser.
Cuando les hablo a las personas que acuden al centro de la importancia de este primer contacto muchas me dicen, «pero ¿qué debo de sentir?». Pues es cuestión de «feeling», de sentirte seguro, cómodo (dentro de lo cómodos que podamos estar contándoles nuestras cosas a un desconocido), de sentirte escuchado, comprendido y con confianza en esa persona. No tiene sentido comenzar terapia con alguien que de primeras «no te cae bien», vas a perder tiempo y dinero.
Otra pregunta que nos solemos hacer al acudir a psicoterapia es «¿qué se hace allí? ¿me vas a mandar tareas? ¿qué es lo que cura?». Y esto tiene una respuesta compleja, porque cada profesional trabaja desde un enfoque. Algunos «mandan tareas», dan instrucciones claras sobre lo que hacer frente a un problema concreto… otros hacen todo lo contrario y otros integran un poco de cada cosa.
Pero lo que seguro que se hace es hablar. «¿Y solo hablando me sentiré mejor? ¿solo hablando podré solucionar mis problemas?». Y es que a veces subestimamos el poder de la palabra. Porque hablar de nuestras vivencias, de lo que nos ha ocurrido, de lo que sentimos… nos ayuda a traerlo al presente, a integrarlo, a darle forma, a colocarlo, a sentirlo o vivirlo de otra manera. Nos ayuda a darle valor o quitárselo. Hablar del dolor, nos ayuda a transitarlo y dejarlo ir. Hablar de las emociones nos ayuda a reconocerlas, ponerlas nombre y gestionarlas. Hablar de nosotros mismos nos ayuda a entendernos, a perdonarnos, a aceptarnos, a mimarnos. Y es que la palabra «es magia» y el descubrirse a uno mismo, con nuestras partes buenas y nuestras partes más oscuras, «es mágico».
«¿Descubrirse así mismo significa dejar de ser yo? Me da miedo ir a terapia, me da miedo descubrir cosas que no me gustan o tomar decisiones que no quiero tomar». En la primera sesión siempre explico que comenzar un proceso psicoterapéutico es como hacer obra en casa, tiras un murete, levantas el suelo, mueves un mueble… y en medio de la obra veces piensas «para qué habré comenzado esto, con lo a gusto que estaba», pero cuando acabas piensas «qué bonito todo, como me gusta». Pues siguiendo este símil, la casa ha cambiado, está diferente, te gusta más pero sigue siendo la misma casa. Si haces terapia no vas a dejar de ser tú, no vas a tomar decisiones que no quieras tomar, puede que las tomes… pero vas a querer hacerlo. Y puede que descubras cosas que no te gustan, de fuera o de dentro de ti. Y eso también es parte del proceso, ser un poco más conscientes de uno mismo, porque al fin y al cabo lo otro es «andar a ciegas».
La tarea del psicólogo no es decirte lo que tienes o no tienes que hacer con tu vida. Es acompañarte en un tramo por la vida, apoyarte, guiarte. Es una persona que te cuida, que te coge del brazo, a veces para sostenerte, a veces para que te pares o mires aquello de lo que intentas escapar o que ignoras. Es un acompañante fiel, que no te presiona ni te juzga, que te habla con sinceridad, pero con cariño y empatía.
«¿Todo el mundo debería hacer terapia?» Yo pienso que no, creo que debe de hacer terapia quién quiera hacer terapia. Creo que a todos nos vendría bien, pero cada cual, tiene que hacer lo que crea conveniente.
Por supuesto, a todos nos han ocurrido cosas, nos ocurren y nos ocurrirán. Algunos gestionan sus dificultades a su forma y están conformes, otros «bloquean» las experiencias, las emociones, los problemas… de todos estos, unos cuantos lo sintomatizan (me duele el pecho, siento angustia, no puedo dormir, fumo mucho, se me cae el pelo, me salen eczemas…). Otros son personas de preguntas y respuestas, quieren ir más allá, entender, «sanar». Si eres de estos últimos, ¡a por tu proceso!
