
«¿De qué color es el miedo?» Me preguntaba mi abuela cuando de pequeña sentía pánico al quedarme sola en la habitación por la noche para dormir. A mí, en ese momento, me parecía una pregunta absurda que para nada aliviaba mi sensación de malestar. Ella me contaba que cuando sentía miedo de pequeña, su madre le hacía esa pregunta y a ella, le servía. Ahora entiendo porqué le servía. Era su manera de sacar el miedo fuera, de exteriorizarlo, de ponerle nombre y mirarlo a la cara. Era su manera de darle un sentido, de darle color y forma, de atacarlo.
¡Ay el miedo! Vaya emoción, tan presente en algunos y aparentemente tan lejos de otros…
El miedo, como todas las emociones, es sano y tiene su función. No podríamos vivir sin él, literal, porque sin miedo moriríamos. El miedo tiene la función de protegernos, de avisarnos de los peligros, de activarnos fisiológica y cognitivamente para el ataque o la huída. Qué raro sería no sentir miedo si nos encontramos frente a frente con un león, si viésemos de cerca una serpiente venenosa o se nos incendiase la casa ¿no creéis?, en este caso por ejemplo, a todos nos latiría rápido el corazón, se nos tensarían los músculos y la mandaríamos una orden al cerebro «corre», «coge al perro y baja rápido las escaleras», «localiza a tus familiares y sal rápido», «coge el extintor e intenta apagarlo», «llama a los bomberos», etc.
Entonces, ¿cuál es el problema de sentir miedo? La dificultad con el miedo está en que no siempre es real, es decir, no siempre reaccionamos ante un peligro de verdad. Sino que en muchas ocasiones, está dentro de nuestra mente, es imaginario y tiene un contenido «mágico», exagerado con la situación y totalmente alejado de la realidad. Pero aún así, muchas veces nuestro cuerpo se activa de forma primitiva y sentimos lo mismo ante un pensamiento, que lo que sentiríamos teniendo en frente un león con la boca abierta dispuesto a comernos. Irracionalmente conectamos con la posibilidad de morir y eso asusta, claro que asusta.
Dependiendo de nuestro temperamento, de nuestros patrones mentales, nuestra educación, nuestras experiencias… seremos más o menos miedosos, sentiremos más o menos miedo, ante estímulos reales o imaginarios. Nos sentiremos más o menos seguros. Pero por suerte, mirando hacia dentro, podremos conocernos, escucharnos y conectar con esa emoción.
Igual a mi abuela Ana la servía pensar en el color de la emoción. A mí, al igual que ella pero de otra forma… me sirve sacarlo fuera, mirarlo a la cara y ver que, en realidad, detrás del pensamiento no está el fin, ver que el pensamiento es solo un pensamiento y, que el miedo, es solo una emoción, como el amor, como la tristeza o la alegría.

Fuera de mi cabeza, al mirarlo, lo veo más pequeño, ya no es un monstruo que te come, si no algo más manejable.
Cada cual, tiene que conectar con su miedo, escuchar su emoción, ver qué le está diciendo, qué dice de él en ese momento… y sacarlo fuera de la cabeza, mirarlo a los ojos y abrazarlo (o abrazarse).
Sara Martínez
Psicóloga Colegiada M33532
