¿En qué consiste la Psicoterapia Familiar?

¿Por qué y en qué consiste la Psicoterapia Familiar?

Cuando una persona acude a mi consulta, no me gusta posicionarme en un lado de experto, de alguien qué conoce más de la persona que tiene delante sólo por haberse formado en esto de la Psicología y la Psicoterapia, si no entendernos a ambos como dos personas con una historia previa, donde mi labor es acompañar, desde una mirada humana, profesional y compasiva. Por ello, para mi el primer paso es saber desde dónde debo ubicarme en dicha relación, conocerme, pues cuánto más me miro a mi mismo mejor me conozco y por tanto más puedo mirar al otro, lo que me ayuda a poner la distancia necesaria para que dicho espacio esté centrado en la necesidad del consultante.

Desde la sensibilidad, puedo validar y dar el permiso para la verbalización y expresión de sus emociones, lo cual me permite desmontar estigmas y favorecer a través de nuevas narrativas la coherencia de su historia, entendiendo cómo ha sido visto, entendido y tratado y por tanto qué impacto tiene ello en su ser actual, potenciando narrativas funcionales que les ayuden a estar en el aquí y el ahora, co-construyendo realidades más amables entre encuentros psicoterapeuta-paciente, desde una mirada nueva, como no le han podido mirar y construyendo nuevas formas de ser. Porque se aprende a amar siendo amado, no cuando se ama.

El poder de la psicoterapia reside en la capacidad de “ver a la persona tras”, como personas, necesitan que alguien pueda verlos, que puedan ver su dolor, abriendo una puerta a la comunicación. Entenderles como personas incluye naturalizar la humanidad compartida, no acompañamos a la persona a que se “cure”, si no a que ese umbral de funcionamiento sea más alto. Como todos, serán vulnerables en determinadas etapas de su vida, pero sabrán pedir ayuda y acompañarse desde el amor que necesitan.

Necesito concebir al paciente dentro de un sistema, preguntándome qué necesita y no tanto qué le pasa, especialmente en esta sociedad donde se da el boom de diagnósticos, en la que a los niños dejamos de verles como tales en favor de las etiquetas diagnósticas. Nosotros, psicoterapeutas, desde el saber qué es y cómo el autoconcepto se construye en función de cómo nos han mirado, podemos acompañar a la construcción de una identidad sólida, puesto que si no está formada, variará en función de quién y cómo le reconocen.

Un sistema donde sus progenitores también tienen una historia propia, por lo que me esfuerzo en recordarme que el proceso será más exitoso si consigo conectar con todos ellos, acompañando a esos progenitores en sus propios miedos para que ellos aprendan a acompañar a sus hijos, ayudándoles a entenderse, desde la compasión y no desde el culpabilizar, puesto que ser padres parece ser cada vez más díficil y aún no hay un manual que aborde cuál es la manera correcta de hacer, para desde ahí poder favorecer la conexión con las necesidades del menor. Acompañando en la capacitación parental, ayudándoles a construir un sistema que nutre a la descendencia.

Como psicoterapeuta debo esforzarme en adaptarme a cada familia puesto que no hay un molde común, cada tratamiento es único como lo es cada persona, sistema y vínculo que establezco. Considero necesario trabajar con la familia desde un formato más estructurado, que me permita trasladarles la función del síntoma. El síntoma está comunicando lo que la persona no puede, por ello, no trabajo con el síndrome manifiesto, si no con el síntoma comunicativo. Ahí pongo el foco, puesto que no es el por qué del mismo si no el para qué. Algo que no puede ser expresado es manifiesto mediante la sintomatología. En cambio, como exponía anteriormente, trabajar con la persona identificada desde un formato más narrativo-individual.

En este sentido, validar incluye también desde mi punto de vista entender las resistencias al cambio, puesto que todo sistema tiende a la homeostasis y el cambio, aunque necesario, supone un reto. La persona prefiere lo familiar a lo desconocido. Estamos hechos para sobrevivir y ante una situación de crisis en el sistema este mismo se protege, siendo ese empeño en no generar cambio lo que favorece la aparición de sintomatología. Entender como profesionales que los pacientes vienen en crisis, no preparados para dicho cambio, siendo esto adaptativo en un primer momento. Desde ahí y bajo el máximo respeto, atrevernos como psicoterapeutas a realizar un trabajo en terapia experiencial profunda, contactando con el sentir de la persona, las sensaciones internas que se ven proyectadas en la conducta más observable, y no sólo interviniendo en la conducta. Trabajar en la mentalización a través del propio vínculo, desde un espacio seguro podemos plantear y plantearnos qué hay en este vínculo construido que le permite sentirse como fuera no puede. Desde esa mirada, podemos dar sentido a lo que piensa, siente y hace, integrando toda su persona.

Esa resistencia, aporta sentido al síntoma que está presente, puesto que si toda conducta es una forma de comunicación, entonces el síntoma también es una manera de expresar algo que no se puede decir de otra forma. Cada síntoma tiene un mensaje que es importante escuchar y entender y, en este sentido, es de suma importancia entender los tiempos como parte de la necesidades de dicho sistema, por lo tanto no puedo caer en apresurarme, ni por la demanda terapéutica ni por la propia angustia de querer hacer, sino dar a cada persona del sistema aquello que puede asumir, sabiendo en la dirección que quiero remar tras la evaluación de la casuística particular, entendiendo el proceso y sentando las bases necesarias para construir un cambio sólido.

Algo que cada vez interiorizo más es que la familia es un gran recurso para el éxito terapéutico, no es quien genera patología, es el contexto donde ocurre y por tanto son parte de la solución, convirtiéndose en el instrumento terapéutico más importante. Si me permito entender a la familia desde la mirada sistémica, permitiéndome ser terapeuta y no juez, podré vincularme a dicha familia para ser agente real de cambio.

Los niños necesitan dos cosas: límites y amor incondicional. En el mismo sentido, los adolescentes necesitan para explorar el mundo intentar desmontar dichos límites. Por ello, trabajo con las familias insistiendo en cómo y desde dónde se ponen dichos límites. La tarea de los adolescentes es buscar el límite, buscar siempre saltarlo y la de los padres es ofrecer amor, apoyo, contención y freno. Padres entendidos no como una jerarquia rígica sino como un ejemplo a seguir y como figuras de cuidado.

Jorge Gallardo. Psicólogo y Psicoterapeuta Familiar

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